Solo en un cuento uno se encuentra con una escritora que podría haber sido una de las voces más destacadas de la literatura chilena mientras era, a su vez, agente de una sangrienta dictadura militar. Sin embargo, fue real y se mantuvo activa durante los 17 años en que el horror gobernó a Chile. Por eso, Mariana Callejas causa fascinación.
Letras torcidas. La doble vida de Mariana Callejas: escritora y agente de Pinochet (Debate), de Juan Cristóbal Peña, retrata la historia de una figura magnética que destacaba en los talleres literarios que ofrecía en su casa. Mientras ella exponía sus textos o leía a Le Carré, Hemingway o Borges, su marido preparaba armas químicas para eliminar adversarios políticos. Fue junto a su pareja, Michael Towney, con quien partió en 1974 a Buenos Aires para hacer volar por los aires el coche del exministro de Defensa chileno Carlos Prats con el objetivo de asesinarlo a él y a su esposa, Sofía Cuthbert. Juntos coordinaron misiones para la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), aparato de terror del régimen militar. Como pareja, visitaron destinos como Washington D. C para asesinar al excanciller Orlando Letelier, o Roma, para coordinar el intento de homicidio contra el exministro Bernardo Leighton.
Peña, periodista chileno y autor de libros como La secreta vida literaria de Pinochet o Jóvenes pistoleros, era un niño cuando comenzó la dictadura militar en 1973. Su familia se había exiliado a Ecuador, por motivos económicos -aclara él-. Para cuando volvió a su país natal, la vida secreta de Mariana Callejas y Michael Townley ya había quedado al descubierto. Tras más de 30 años de democracia ininterrumpida en Chile, la escritora argentina Leila Guerriero le propuso escribir esta historia. En su país lo publicó en 2024 con Ediciones UDP y este año ha llegado a España.
Desde que se supo la verdad sobre Callejas, se instaló la idea -un tanto romántica- de que la mujer llevaba a cabo sus misiones con el objetivo de buscar inspiración para su literatura. Sin embargo, la mayoría de sus cuentos tratan sobre guerrilleros de izquierda, indica Peña. "Aunque están centrados en el enemigo, no hay reproches ni lecciones morales", explica en el libro.
Vienen otras camperas [chaqueta], silbidos de balas, estruendo de bombas. Arturo muere entre medio, entre cadáveres desconocidos y gritos de mujeres que no saben que el silencio es el único ruido que compete a la muerte, escribe Callejas en un cuento sobre una guerrillera argentina que presencia cómo agentes de una dictadura ejecutan a su compañero. "Uno podría interpretar que ella tenía una gran sensibilidad. Su talento era saber leer los entornos y los mundos, aun sin pertenecer a ellos", sostiene Peña. "Hizo una lectura lúcida y fina de la izquierda guerrillera al tiempo que la combatió y exterminó". Incluso, hay una narración donde ella se pone en el lugar de los guerrilleros. "Eso es muy excepcional y muy perturbador también".
El también escritor y director de Máster en Escritura Narrativa de la Universidad Alberto Hurtado asegura que la literatura de la agente de Pinochet estaba arriba del promedio de lo que se escribía en la época. Aunque aclara: "Su figura es más atractiva que sus cuentos". Sus libros, actualmente, se pueden encontrar entre catálogos de libros extraños, pero es imposible encontrarlos en internet. "Sus cuentos cobran mucho más valor si se leen a la luz de su biografía", asegura. Y esto se debe a que "su literatura está entrañable y perpetuamente ligada a los crímenes de los que participó".
Tal vez nadie sospechaba de la doble vida de Callejas porque nunca hablaba de política ni parecía importarle. "Lo suyo son los viajes, las fiestas, las letras", escribe Peña. La pareja parecía ordinaria. Ella escribía y era hospitalaria, él se dedicaba a la electrónica y se encerraba a trabajar en el sótano.
Vivir dentro de una película de espías
A lo largo del libro, Peña hace hincapié en que la pareja no estaba realmente interesada por los asuntos sociales o políticos. "Ninguno de los militares que participaron de la represión -por lo menos de los estratos medios y bajos- tenía una gran convicción política, pero ella era particularmente desinteresada en estos temas". Tal como explica el autor, el promedio de los que participaron de la represión fueron personas "básicas guiadas por un conservadurismo, catolicismo y anticomunismo campante". Para el chileno, el primer motivo por el que decidieron cometer estos crímenes es económico. "No tenían trabajo, ni siquiera habían terminado la escolaridad", afirma. En esa circunstancia, añade Peña, son reclutados en condiciones muy excepcionales a las que jamás hubieran accedido en ningún otro trabajo, porque hasta les ofrecen viajes y una gran casa en las afueras de Santiago.
Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o la música, escribe Jorge Luis Borges en El muerto, el cuento que leyó Juan Cristóbal Peña mientras escribía este libro y que, para él, define a Callejas y a muchos agentes civiles que colaboraron con la dictadura. "En ella también hay una seducción muy banal por el peligro y por la aventura de vivir dentro de una película de espías", sentencia el autor.
Para el autor, Callejas "podría haber quedado en cualquiera de los dos bandos. Si las circunstancias la hubieran favorecido, ella perfectamente podría haber sido una guerrillera de izquierda". En su juventud, la mujer se rodeó de personas que creían en el socialismo y más tarde recibió a intelectuales de izquierda en su casa. Si se hubiera parado del otro lado de la acera, probablemente hoy no sabríamos que nunca recibió una condena, que falleció en una casa de reposo de Las Condes (Santiago) y que su cuerpo fue trasladado al Cementerio Parque del Recuerdo, en la capital de Chile. Si la buscáramos en lo opuesto, encontraríamos ejemplos como el del escritor Rodolfo Walsh, que todavía está desaparecido.
Como argentina, leer Letras torcidas se parece a visitar el Museo Sitio de Memoria ESMA en Buenos Aires, aquel lugar que solía ser un centro clandestino de detención, tortura y exterminio, ubicado en pleno tejido urbano. Al pasar por ese lugar, la pregunta que pulula por el aire siempre es cómo muchos no se dieron cuenta o cómo siguieron con su vida cotidiana aquellos vecinos que olieron el horror. En Lo Curro, la mansión financiada por la DINA en la que vivía Callejas junto a su marido y sus hijos, se repitió esta situación. Aunque el jardinero de la casa sí notó situaciones extrañas, cuenta Peña en el libro. Ante la justicia, años después, declaró que en el jardín aparecían ratas y conejos muertos, pero "sin señales de haber sufrido violencia". Él los recogía con una pala y los tiraba.
Asesinatos y tertulias literarias
"A la vez que operaba en las sombras como una casa cuartel, fue una suerte de centro cultural. Algunos intelectuales iban con frecuencia y fundaron, en parte, la literatura de los 90 en Chile, en los años de transición a la democracia", comenta el escritor. "Callejas los mancilló para siempre", sentencia. Para Peña, esa literatura se constituye "en un autoengaño", si se confía en que nunca vieron ni supieron nada durante los años que frecuentaron esa casa. "Y se funda, por cierto, en el horror".
Fue en la mansión en la que también se fabricaba gas sarín -extremadamente letal-, se preparaban detonadores, cargas con explosivos y pasaportes falsos para encubrir la muerte de 119 chilenos asesinados por la DINA, donde se celebraban fiestas y tertulias literarias. Allí, donde resonó el eco de Pinochet, hubo personas detenidas y asesinadas.
Parece que nadie sospechó nada hasta que los hechos se hicieron públicos. Todo el mundo veía y prefería no mirar, escribió Pedro Lemebel en Las orquídeas negras de Mariana Callejas, una crónica publicada en 1998. "En este país tan culto, de escritores y poetas, no ocurren esas cosas, pura literatura tremendista, pura propaganda marxista para desprestigiar al gobierno, decía Mariana subiendo el volumen de la música para acallar los gemidos estrangulados que se filtraban desde el jardín", redacta Lemebel. "Tengo la impresión de que los invitados más frecuentes fueron objeto de una suerte de autoengaño: no quisieron ver ni escuchar lo evidente, o dicen no haberlo hecho", advierte Peña.
Después del texto de Lemebel, Roberto Bolaño se puso en marcha con Nocturno de Chile, una novela que trata la complicidad, el silencio y la indiferencia de los intelectuales y la Iglesia durante la dictadura. "Un amigo me contó que durante una fiesta en casa de María Canales uno de los invitados se había perdido [...] Finalmente llegó a un pasillo más estrecho que todos los demás y abrió una última puerta. Vio una especie de cama metálica. Encendió la luz [...] y vio al hombre atado a una cama metálica, los ojos vendados, y supo que el hombre estaba vivo porque lo oyó respirar", escribió Bolaño. "Hizo una ficción basada en algunos elementos concretos que le contó gente de las letras chilenas de esa época", explica Peña. "Son interpretaciones muy lúcidas, pero también están guiadas por algunos mitos que comenzaron a circular".
Además del personaje en común, el autor de Letras torcidas encuentra la coincidencia en "el afán por explorar la vida doméstica de la perversidad, de este mundo de sombras donde la literatura se inmiscuye y se infiltra en lo más fangoso de la política de esos años". Para él, en los últimos tiempos, "el horror comienza a ser explorado no solo desde el lugar de la denuncia, sino desde lo doméstico", tal como lo hace la película Zona de interés, dirigida por Jonathan Glazer. "Creo que es una forma también de explorar lo que Hannah Arendt llama 'la banalidad del mal'".
Al igual que él, otros periodistas se han permitido explorar las crueldades de las dictaduras latinoamericanas, como es el caso de Leila Guerriero, Maria O'Donnell o Lemebel. "Hay una lectura que solamente se permite con el paso de los años. Anteriormente hubiera sido oprobioso y ofensivo para las víctimas. Tal vez se hubiese interpretado como que se les estaba limpiando la imagen a estos seres humanos corroídos por la perversidad y la maldad", argumenta. "Esto permite entender cómo fue posible algo así y permite entender que la repetición de esos hechos también puede estar a la vuelta de la esquina", concluye.