Sobre las tablas de un templo que acumula más de 2000 años de historia, recuperado para la función teatral en la década de los 30 y asentado como sede del Festival de Teatro Clásico de Mérida ya en los 50, fue la historia misma la que se acabó imponiendo. Fue, en este caso, la historia del exilio múltiple de una familia que durante un siglo, que se condensa a medio camino entre el XX y el XXI, se ve obligada al reinicio continuo de la vida. Y fue también la Historia, con mayúsculas, de España que desembocó en el golpe militar de 1936 y en una Guerra Civil.
La tercera fuga, de Victoria Szpunberg, fue la gran triunfadora de unos Premios Max que por primera vez en sus 29 ediciones se celebraron en el Teatro Romano de Mérida, el escenario más antiguo en activo de nuestro país. Y lo fue gracias a la historia de un exilio que la argentina afincada desde hace décadas en Barcelona lleva en las raíces mismas de su familia. Porque este montaje es también la historia familiar de quien el año pasado ganó el Premio Nacional de Literatura Dramática. La nieta de un judío que huyó de los pogromos a principios del siglo XX hacia Argentina, la hija de quienes tuvieron que dejar ese país durante la dictadura militar de los 70 para acabar instalándose en España.
El montaje de Szpunberg, que hace un año acogía el Teatre Nacional de Catalunya, se impuso en Mejor autoría teatral, Mejor elenco y Mejor actor de teatro para Ton Vieira. Tres premios Max para un montaje que, como lo definió la propia Szpunberg, es «un manifiesto contra la idea de la pureza de raza». «Mi abuelo ya escribía versos en servilletas de papel, como también lo hacía mi padre, y yo escribo los nombres de mis actores [...] No habría teatro sin los actores que encarnan nuestras palabras», detalló la dramaturga al subir a recoger uno de los premios que recibió su obra, gran destacada teatral de una noche que, sin embargo, entregó el gran premio teatral a 1936, el montaje a ocho manos de Andrés Lima con Juan Mayorga, Albert Boronat y Juan Cavestany. Una lección de Historia contemporánea española durante algo más de 4 horas que acogió el Centro Dramático Nacional. «Un montaje sobre la guerra tiene que estar siempre contra la guerra y gritar bien fuerte 'No a la guerra'. Viva Palestina libre», se encargó de recordar el dramaturgo, que ya había sido en 2003 uno de los creadores del eslogan durante la siempre recordada gala de los Goya de ese año que hizo la compañía Animalario.
La noche de este lunes en Mérida, sumida en la historia, también era una noche para las primeras veces. Primera vez para los premios en el Teatro Romano de la ciudad extremeña. Primera vez que un productor, Jesús Cimarro, recibía el Max de Honor con amplio recordatorio a las administraciones presentes de que la inversión económica en Cultura es «fundamental» de parte de quien ha levantado más de 270 montajes teatrales en su carrera. Y, sobre todo, primera vez que Irene Tena y Albert Hernandez, tras su salida del Ballet Nacional para formar su propia compañía, se llevaban algún galardón de esta gala. Fueron tres las veces que los bailarines que han formado La Venidera, una de las grandes promesas de la danza española de presente y de futuro, subieron al escenario a recoger premios: Mejor espectáculo de danza, Mejor Coreografía y Mejor actriz de danza para ella.
Como reclamaba el escenario que los acogía, los premios se afanaron en armar un exhaustivo recorrido por el teatro clásico. Hasta las górgonas eran las encargadas de expulsar del escenario a aquellos premiados que se extendían más allá del tiempo establecido para cada discurso, que alguno que otra hubo. Hubo monólogos de tres de las grandes tragedias griegas: Medea -primera obra que se representó en el año 1933 en el Teatro Romano de Mérida con versión de Miguel de Unamuno y con Margarita Xirgú como protagonista-, Antígona y Edipo Rey. Hubo espacio para los relatos mitológicos como el de Prometeo y Hécuba -desgarradora Isabel Ordaz sobre un texto de Carlota Ferrer- y para la historia de Diótima y Sócrates que apuntaba Platón en El Banquete. Hubo rito de Ceres como inicio de la gala. Y, aunque nada tenga que ver con el teatro ni con lo clásico, hubo homenaje a Robe Iniesta con una versión de Si te vas... al piano y de Puntos suspensivos interpretada por un coro en la tierra a la que cantó y veneró a su manera hasta su muerte.
Los nuestros, de Lucía Carballal, otra disección de los lazos familiares, aunque desde una mirada más íntima y no por ello menos política que la de Szpunberg, también se llevó a casa dos premios. El primero para Mona Martínez como Mejor actriz de teatro. Y el segundo para su creadora como Mejor autora. Sin olvidar el premio a Mejor autoría revelación para Taxidermia de una alondra, de Iván López-Ortega, que con solo 23 años, ha conservado la imagen misma de nuestra sociedad -y que aún se puede ver en el Teatro del Barrio de Madrid-. Historia que algún día, más pronto que tarde, será.