Cultura

Muere Josefina Molina, pionera de todo, autora visionaria y feminista por encima de todo

Muere Josefina Molina, pionera de todo, autora visionaria y feminista por encima de todo

Durante demasiado tiempo,Josefina de Molina fue la única. Y eso, lejos de lucirlo ella misma como una medalla, lo soportaba con tristeza. Cuando recibió el Premio Nacional de Cinematografía en 2019 y se coronó así como la primera directora en lograrlo, su reacción inmediata no fue tanto de legítima alegría como de profunda derrota. ¿Cómo era posible que desde 1980, año en el que se entregó el primero de todos a Carlos Saura, nunca jamás una cineasta lo hubiera conseguido? "Me da mucha pena", comentó entonces. "Esto sucede porque no se nos ve, no somos visibles. Si no hacemos valer el talento del 50% de la población, la mitad de los espectadores nunca se verá reflejado en la pantalla", continuó. Como tantas otras en su posición, cada vez que se veía delante de la posibilidad de ser escuchada, su obligación era reclamar la obligación y necesidad de ella y de tantas como ella de, precisamente, ser escuchada. Y eso, justo es reconocerlo, opacó de manera completamente injusta y hasta cruel su obra. Curiosa, cruel y muy machista paradoja: tomar la palabra para reclamar la palabra que hasta entonces se le negaba y así quedarse sin palabras para todo lo demás.

El sábado murió a los 89 años esta mujer cordobesa nacida con la Guerra Civil. Lo hizo público un comunicado de la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales (CIMA), que ella misma fundó (pionera otra vez). El escueto texto en el que se daba noticia de su muerte la definía como "una de las mujeres más importantes del cine de este país, feminista y luchadora incansable por la igualdad". Y así fue. Pero siempre queda la duda de todo lo que dejó sin ser por arrastrar la condena de todo lo que fue por primera vez. Fue también la primera en obtener el título de directora en la Escuela Oficial de Cine de la que salió entero el muy masculino Nuevo Cine Español y la primera en recibir el Goya de Honor después de 25 hombres o 50 testigos (eso es testículo), según se lleve la cuenta. Lo más triste es que lo que ahora llama la atención no lo hiciera durante un cuarto de siglo. Pocos argumentos tan reaccionarios como la normalidad. El fascismo es siempre puro y duro sentido común.

En cualquier caso, y por encima de todo, Josefina Molina fue antes de nada la responsable de uno de los más brillantes y menos citados experimentos de los que ha sido capaz el cine español. Hablamos de Función de noche. Rodada en 1981, fue la primera vez (también aquí) que el muy político cine de entonces tomó consciencia de que la intimidad, lo personal, también es terreno ideológico. La película toma como referencia el montaje de Cinco horas con Mario, según el texto de Miguel Delibes, que ya entonces hizo suyo Lola Herrera en carne muy propia. La propia actriz juega a confundirse con su personaje de Carmen Sotillo y, entre la realidad y la ficción, las cuitas orquestadas por la narración pautada del escritor vallisoletano pasan a ser la sangre de la propia Herrera y de su pareja Daniel Dicenta.

Es teatro, es carta íntima, es documental, es confesión, es diario, es ficción de ficción y es cine como pocas veces antes tan consciente de sí que abruma con la misma fuerza que entusiasma. La línea entre la fabulación y lo otro se desdibuja en una película que poco a poco, y con una precisión desusada o solo magistral, acaba por recrear el perfil exacto de la sociedad que habita. Se habla del papel de la mujer en una sociedad eminente y brutalmente patriarcal, se habla de la herencia del franquismo, se habla de poder y de resistencia, se habla de la muerte y se habla de la posibilidad misma de vivir pese a todo. Y todo ello de la mano de un artefacto deslumbrante que apela directamente a la posibilidad misma del cine y de la representación. ¿De quién es el poder de representar? Esa es la pregunta que duele. Josefina Molina abrió un mundo que hoy es reclamado por las nuevas generaciones con una ingenuidad adanista que, sencillamente, ofende.

Pero Josefina Molina no se cansó de ser pionera ni cuando no quiso serlo. La serie Teresa de Jesús, para Televisión Española y con una Concha Velasco más grande que la propia vida, hace coincidir la extravagancia revolucionaria de la escritora, reformadora del Carmelo y pionera espiritual con una escritura plenamente cinematográfica sin misericordia con los viejos preceptos de la pantalla pequeña. Es decir, la revolución de las series que vivimos todos los días de manera continuada desde hace ya demasiado tiempo tuvo quizá su momento fundacional aquí. Sorprende la claridad, el gesto pausado, la expresividad, la intimidad y, sí, la profunda y grave lectura feminista de una figura sin molde. De pionera a pionera. De Teresa a Ahumada. De Josefina a Molina.

La televisión, la pública, acabó por ser su refugio como el de tantas otras (Pilar Miró o Mercedes Villaret) castigadas todas por un sistema de producción que ni confiaba ni directamente las quería. "La igualdad no es real porque no tenemos los mismos sueldos, no tenemos las mismas oportunidades... Y tampoco tenemos los mismos presupuestos para hacer nuestro trabajo. Los presupuestos para una mujer siempre son menores [...] porque al fin y al cabo la van a arrinconar en el cine de mujeres, porque es como un cajón en donde se nos mete y donde ahí se cree que eso es un apartado, al ser apartado tenemos ya un problema", comentó en más de una ocasión. Para esa misma tele, además de la vida de Teresa rodó con gusto y cariño por su autor preferido El camino (1978). Y Entre naranjos (1998), sobre el texto de Vicente Blasco Ibáñez. También dirigió teatro. A lado de su invencible y minimalista montaje de Cinco horas con Mario, adaptó La venganza de Tamar, de Tirso de Molina, o La Lozana andaluza, de Francisco Delicado.

En el cine seguiría, pero siempre a rastras, siempre con una catarata de explicaciones y concesiones. Películas como Lo más natural (1990) o La Lola se va a los puertos (1993) fueron las que siguieron a su mayor logro tras la citada Función de noche. En 1989, firmaría Esquilache y para sorpresa de nadie completó un magnífico y espectacular fresco de una época de revolución y cambio de la mano del mejor reparto posible del cine de entonces (que si Fernando Fernán Gómez, que si José Luis López Vázquez, que si Ángela Molina, que si su imprescindible Concha Velasco...).

Hablamos de una película de época de factura exquisita que, por lo que sea, no tuvo ni reflejo ni continuidad en el resto de su carrera. Josefina Molina fue pionera en todo, pero es imposible no preguntarse cuánto nos perdimos de su talento por el discutible y hasta triste premio de ser, en efecto, pionera. Y así siempre.


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